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Por Leomas
García Cadena estaba llena, de risas, juegos y cultivos. A allí en medio del silencio, el visitante regó su plantío. Dos razas entrelazadas y dos pueblos distantes del río. Tres ideas de familias, contrarias a los nuevos amigos.
El Hospital cerró las puertas, muy en la madrugada y el expreso automóvil llegó con gente muerta de frío. Subir al último piso, les costó varios suspiros y las enfermeras les dijo; Allí está él, pero ya no siente escalofrío.
Las sábanas en su cuerpo, cubrían su rostro dorado y su risa de ángel divino, llenó todos los vacios. Los médicos dijeron en coro: "El ya no regresa al combate" y al ver la nueva mirada, sabían que era brillante.
No entendieron la crueldad y pensaron que el sol se detuvo, no comprendieron la gravedad y el mundo los hizo testigos. Lágrimas sobre el colchón, regaban su parentela y látigos en el corazón, caían como centella.
La noche se hizo bien corta y la mañana llegó. Los gritos desgarradores de su vieja en el balcón, hicieron que las congojas, sembrarán la conmoción.
Tristes quedaron dolientes, como águilas sin control. Hay palomas en la ventana, dijo quien abría la puerta, hay gente en el primer piso y todos lloran de lástima.
El piso dejó la jornada y el calor los hizo despertar. La sirena dió la retirada y cada llanto dejó de sonar. Hoy está en la pared el hermoso retrato. Hay hechos de causa, que niegan el ocaso. Recorren cada suceso tu hermoso manantial y aún en las noches frías, estás como oro en calido lugar.
Ironías de la vida dice el poeta sin causa. Ironías, clama el pariente cuando no hay quien le pague la fianza. Todos siguieron allí, esperando que despertara y alguién quiso decir: Esto no es un sueño y ya no habrá distancia.
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