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ELSY: Diosa de Pontezuela
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La tarde estaba muy fresca y la carretera sonreía despejada. El portón de entrada a treinta minutos de distancia. La pequeña montaña permanecía silenciosa, mientras el caminante feliz, seguía sus andanzas. La casona la resguardaba con aroma de rosas y hortensias. Los pinos gigantes y robustos, estaban apoderados de la fragancia.
El perro guardián sintió celos del visitante y los ladridos se escucharon a cinco kilómetros de distancia. Ella estaba allí sentada como diosa de nácar. Ingenua y atrevida se protegía sin guardaespaldas. Elsy había sido bautizada en una madrugada y su apellido Ríos, llevaba olas huracanadas. Había siempre un ruiseñor en su morada, cantando como solista y muchas voces de pájaros, componían la serenata.
Todo estaba bello y hadas encantadas rodeaban la finca. Risas y sonrisas tempranas de esas que nunca envejecen. Ella entregando su amor sin esperar una sola caricia. Reina entre esos matorrales y espesos jardines. Patrona de un encantamiento, que sólo los poetas analizan y calzan. Luchadora y emprendedora con escudo y coraza, haciendo honor con templanza, muy cerca y superior a su raza.
De donde llegó esa matrona y quien le enseña los versos que compone con fineza y elegancia. Donde esta ese maestro que le lleva las musas y quien paga su trabajo si ella labora con ganas. No hay cansancio en su espalda. Su columna es de fuego. No hay nada de malicia y ella es todo confianza. El caminante llega, entra, saluda y allá descansa.
Nunca pasan las horas y relojes sin tiempo danzan, Hay soles por todos los lados y brillo en las gargantas. Lecturas aterciopeladas como oro fino en bonanza. Hay música encantada con cuerdas de añoranza. No existe el tiempo porque todo es esperanza.
El caminante quiere quedarse para siempre en esa comarca. Hay escases de dinero y gritos de amenazas. El mira adelante y en su corazón se clavó una lanza. El sabe que debe volver y llenar de besos sin distancias. Ella no niega los tragos y sabe que algún día estarán de nuevo los cantos sin retirada.
Ninguno de los dos quiere envejecer y sueñan con mucha constancia. Ambos desean seguir sin reparar las distancias. Añoran un mejor nido pero escasea la abundancia. El sale a buscar nuevos caminos mientras ella se queda dichosa como feria de plaza.
Su nombre quedó guardado dentro de roca y oro sencillo. Su figura quedó esculpida como mármol dentro del castillo. Un corazón guardó la joya del regocijo. Los dos se añoran diariamente hasta no volver a ver unidos sus destinos.
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